El crédito se enfría y la economía también: la advertencia que algunos no quieren escuchar

Mientras el Gobierno insiste en presentar una economía ejemplar, respaldada por una inflación históricamente baja, un desempleo que presume como éxito y unas finanzas públicas aparentemente ordenadas, hay un indicador que está enviando una señal muy distinta sobre el verdadero estado de la actividad económica del país: el #crédito.

El crédito es mucho más que una estadística bancaria. Es un termómetro de la #confianza. Cuando las familias solicitan #préstamos para adquirir una vivienda, cuando un agricultor financia una nueva cosecha o cuando una empresa se endeuda para ampliar una planta de producción, lo que realmente están expresando es confianza en el futuro. Por el contrario, cuando el crédito comienza a perder dinamismo, lo que se deteriora no es únicamente la cartera de los #bancos; empieza a apagarse el motor mismo de la #economía.

Es justo lo que está ocurriendo en Costa Rica. Es cierto que el crédito no ha caído en términos absolutos. Quien quiera quedarse únicamente con ese dato podrá afirmar que no existe ningún problema, pero sería una lectura superficial. Lo verdaderamente preocupante es la velocidad con que el #financiamiento ha perdido impulso durante los últimos dos años.

Después de la recuperación posterior a la pandemia, el crédito volvió a crecer con fuerza en 2022 y consolidó ese dinamismo durante 2023. El mejor momento llegó en 2024, cuando el crédito al sector privado avanzó alrededor de un 7% anual, impulsado por el consumo, la vivienda y la recuperación de la inversión privada.

Sin embargo, el panorama comenzó a cambiar rápidamente. Al cierre de 2025 ese crecimiento ya rondaba el 5,4% y durante los primeros meses de 2026 apenas alcanza cerca del 4%. En otras palabras, el ritmo de expansión del crédito se ha reducido en aproximadamente un 40% en apenas dos años.

Detrás de esa #desaceleración hay un dato todavía más revelador. El crédito en #dólares, históricamente utilizado para financiar buena parte de la actividad productiva y exportadora, prácticamente perdió dos terceras partes de su dinamismo. Mientras en marzo de 2025 crecía un 10,3%, un año después apenas avanzaba un 3,9%. El crédito en #colones también desaceleró, pasando de crecer alrededor de un 5,5% a un 4%. No se trata de una simple variación estadística; es una evidencia de que empresas y productores están dejando de invertir. Eso debería encender todas las alarmas.

La pregunta obligada es por qué sucede esto precisamente cuando el #Gobierno insiste en que la #economía atraviesa uno de sus mejores momentos. La respuesta es incómoda. Porque una inflación baja, por sí sola, no genera inversión; un déficit fiscal contenido tampoco construye fábricas, abre comercios o impulsa nuevas exportaciones. Las empresas invierten cuando existen expectativas favorables de crecimiento, reglas claras y condiciones para competir.

El tipo de cambio, el mejor ejemplo

La prolongada apreciación del colón ha golpeado directamente la #competitividad de sectores enteros de la economía. Miles de empresas exportadoras, agricultores y operadores turísticos reciben hoy muchos menos colones por cada dólar que generan. Sus márgenes de rentabilidad se reducen, sus utilidades se comprimen y, naturalmente, también disminuye su capacidad para asumir nuevas inversiones y nuevos créditos.

La consecuencia es visible en toda la economía productiva. La industria posterga proyectos de expansión; el comercio reduce inversiones ante un consumo más débil; la agricultura enfrenta costos crecientes y menores ingresos. Por su parte, los exportadores observan cómo el tipo de cambio erosiona su competitividad sin que exista una respuesta articulada del Estado.

Paradójicamente, mientras el crédito destinado a producir pierde fuerza, el financiamiento para #consumo continúa mostrando un comportamiento relativamente estable. Es decir, el sistema financiero sigue encontrando clientes para financiar gasto presente, pero cada vez menos para financiar capacidad productiva futura.

Ese es el verdadero #problema, porque ningún país puede sostener un crecimiento robusto si consume más de lo que invierte. Por eso, preocupa la ausencia de una estrategia gubernamental para enfrentar esta situación.

Hasta ahora la respuesta ha recaído casi exclusivamente sobre el Banco Central (#BCCR) y los bancos comerciales. El primero redujo significativamente la Tasa de Política Monetaria (#TPM), permitiendo que disminuyeran las tasas de interés; los segundos han lanzado campañas agresivas de refinanciamiento, compra de deudas, ampliación de plazos y digitalización de procesos para incentivar la colocación.

Pero el Gobierno prácticamente ha desaparecido de esta discusión. No existe un programa nacional de impulso al crédito productivo. No existen esquemas robustos de garantías para pequeñas y medianas empresas. No hay incentivos específicos para sectores exportadores que hoy pierden competitividad por razones cambiarias. Tampoco existe una política económica integral orientada a estimular la inversión privada. La estrategia parece limitarse a esperar que la reducción de las tasas de interés haga el trabajo por sí sola.

La realidad demuestra que no está funcionando. Aparece una contradicción que el discurso oficial evita reconocer. El Ejecutivo celebra una reducción del #desempleo mientras el crédito productivo pierde dinamismo. Sin embargo, ambos fenómenos difícilmente podrán convivir durante mucho tiempo. La experiencia económica demuestra que el crédito suele anticipar el comportamiento de la #producción y del #empleo. Cuando las empresas dejan de financiar nuevos proyectos, tarde o temprano también dejan de contratar personal.

Por eso preocupa la insistencia en construir un relato basado únicamente en indicadores coyunturales, mientras se ignoran variables que anticipan el desempeño futuro de la economía. Lo que hoy ocurre con el crédito no es un problema bancario, es una advertencia sobre la pérdida de #confianza para invertir.

La confianza no se decreta desde una conferencia de prensa ni se construye únicamente con estabilidad macroeconómica, se gana mediante políticas públicas coherentes, seguridad jurídica, competitividad, infraestructura, reglas claras y una visión de largo plazo.

Todo indica que durante el resto de 2026 el crédito seguirá creciendo, pero lo hará lentamente. No se espera una crisis financiera ni una contracción abrupta del sistema bancario. Sin embargo, tampoco existen señales que permitan anticipar una recuperación vigorosa de la inversión privada mientras persistan el debilitamiento de la actividad económica, la incertidumbre internacional y la ausencia de políticas específicas para reactivar los sectores productivos.

El mayor riesgo es continuar interpretando la desaceleración del crédito como un asunto exclusivamente financiero, cuando en realidad constituye uno de los indicadores más sensibles del estado de ánimo de la economía. Porque cuando los empresarios dejan de pedir préstamos, no es porque los bancos les cierran sus puertas, es porque han comenzado a cerrar sus expectativas.

Y cuando un país pierde la confianza para invertir, el problema deja de ser financiero y empieza a convertirse en un problema de desarrollo.