El IVM frente al espejo: la reforma que Costa Rica no puede posponer más

Durante décadas, el Régimen de Invalidez, Vejez y Muerte (IVM) de la Caja Costarricense del Seguro Social (#CCSS) fue presentado como uno de los pilares del Estado social costarricense. Y lo fue. Gracias a ese sistema, cientos de miles de personas lograron acceder a una #pensión que les permitió enfrentar la #vejez con cierta estabilidad económica. Sin embargo, el país parece haber entrado en una etapa distinta: una en la que el sistema ya no se discute solo en términos de cobertura social, sino en términos de #sostenibilidad financiera.

Las señales de alerta se han acumulado en los últimos años. Estudios actuariales, informes de supervisión y análisis de especialistas coinciden en un punto fundamental: el sistema enfrenta un deterioro estructural que no puede ignorarse. Desde hace varios años los ingresos por #cotizaciones ya no alcanzan para cubrir el pago de pensiones y el régimen ha comenzado a depender de sus #reservas para cubrir la diferencia. Esto no significa que el sistema esté al borde de la quiebra inmediata, pero sí revela una tendencia preocupante: el modelo que durante décadas funcionó con relativa estabilidad muestra signos claros de agotamiento.

Las razones de este problema no son un misterio. El #IVM fue diseñado en una época en la que la población era joven, la natalidad era alta y el número de trabajadores crecía de forma sostenida. Bajo ese contexto, el esquema de reparto —donde los trabajadores activos financian a los pensionados— tenía una lógica relativamente simple: siempre había suficientes cotizantes para sostener el sistema. Hoy esa ecuación demográfica se ha invertido. Costa Rica vive un proceso acelerado de #envejecimiento poblacional, la tasa de natalidad ha caído de forma sostenida y la esperanza de #vida continúa aumentando. En términos simples: cada vez hay más pensionados y menos trabajadores financiando el sistema.

A este fenómeno demográfico se suman otros factores que han agravado la situación. La expansión del #empleo informal reduce el número de cotizantes efectivos; las decisiones políticas durante décadas evitaron reformas profundas por temor a su costo electoral; y la #deuda acumulada del #Estado con la seguridad social ha debilitado aún más las finanzas del régimen. El resultado es un sistema que sigue funcionando, pero cada vez con menos margen de maniobra.

Lo verdaderamente preocupante es que este escenario no es nuevo ni inesperado. Los cambios demográficos eran previsibles desde hace décadas y muchos países comenzaron a reformar sus sistemas de pensiones mucho antes de que el problema se volviera crítico. Costa Rica, en cambio, ha tendido a reaccionar tarde y de manera gradual, aplicando ajustes parciales que, aunque necesarios, difícilmente resuelven el problema de fondo.

La experiencia internacional ofrece un espejo incómodo pero revelador. En #Europa, por ejemplo, varios países han tenido que adoptar reformas impopulares para evitar el deterioro de sus sistemas de pensiones. Francia vivió recientemente una de las protestas sociales más intensas de los últimos años cuando el gobierno decidió aumentar la edad de jubilación de 62 a 64 años. La medida buscaba algo elemental desde el punto de vista actuarial: aumentar el tiempo de cotización y reducir los años en los que el sistema paga pensiones. Sin embargo, el costo político fue enorme y las calles de París se llenaron de manifestantes que veían en la reforma un retroceso social. La escena se ha repetido en otros países europeos donde el envejecimiento poblacional ha obligado a replantear la edad de retiro e incluso a vincularla con la esperanza de vida.

En América Latina (#Latam) el debate ha seguido caminos distintos, pero no menos complejos. Chile, después de años de cuestionamientos a su sistema de capitalización individual, ha impulsado reformas que combinan mayor aporte de cotizaciones con mecanismos de solidaridad para mejorar las pensiones más bajas. México, por su parte, ha ampliado las pensiones universales financiadas con recursos fiscales, buscando garantizar un ingreso mínimo a las personas mayores que nunca cotizaron o lo hicieron de forma irregular. En ambos casos, las reformas han implicado decisiones difíciles: aumentar el costo laboral, ampliar el gasto público o rediseñar los incentivos del sistema. Ninguna solución ha sido perfecta, pero todas responden a una misma realidad demográfica que ya no puede ignorarse.

Costa Rica enfrenta hoy ese mismo dilema. Las alternativas de reforma son conocidas y relativamente limitadas. Una de ellas es aumentar la edad de jubilación, una medida que muchos especialistas consideran inevitable a largo plazo si se toma en cuenta el aumento sostenido de la esperanza de vida. Desde una perspectiva financiera, la lógica es clara: si las personas viven más años, el sistema no puede sostener pensiones durante periodos cada vez más largos sin ajustar el momento del retiro. El problema, por supuesto, es político y social. Trabajar más años no es una opción sencilla para quienes desempeñan labores físicas o para quienes enfrentan mercados laborales que discriminan a los trabajadores mayores.

Otra alternativa es aumentar las cotizaciones al sistema, lo que permitiría incrementar los ingresos del régimen y fortalecer sus reservas. Sin embargo, esta medida también tiene efectos secundarios importantes. Un aumento en las contribuciones encarece el empleo formal y puede incentivar la #informalidad, un fenómeno que ya representa uno de los mayores desafíos del mercado laboral costarricense.

También existe la posibilidad de ajustar el monto relativo de las pensiones, ampliando el período salarial que se utiliza para calcular el beneficio o reduciendo gradualmente la tasa de reemplazo. Desde el punto de vista actuarial, esta es una de las herramientas más utilizadas para mejorar la sostenibilidad del sistema. Pero su impacto social es evidente: pensiones más bajas pueden traducirse en mayor vulnerabilidad económica para las personas mayores.

Finalmente, algunos países han optado por reforzar sus sistemas mediante transferencias fiscales o impuestos específicos destinados a financiar pensiones mínimas. Esta estrategia puede fortalecer el sistema en el corto plazo, pero también implica trasladar parte del costo al conjunto de la sociedad a través del presupuesto público, lo que plantea nuevos desafíos para la sostenibilidad #fiscal.

El problema de fondo es que ninguna de estas opciones es políticamente cómoda. Todas implican costos, sacrificios o ajustes que afectan a distintos sectores de la sociedad. Esa es precisamente la razón por la que las reformas a los sistemas de pensiones suelen postergarse hasta que la presión financiera se vuelve demasiado evidente para ignorarla.

Costa Rica entró en ese momento. El debate sobre el futuro del IVM ya no puede limitarse a discusiones técnicas dentro de la seguridad social. Se trata de una decisión de política pública que involucra al conjunto del país y que exige un #debate honesto sobre lo que estamos dispuestos a cambiar para preservar el sistema.

La paradoja es evidente. La mayoría de los costarricenses valora la existencia del régimen de pensiones y reconoce su importancia social, pero al mismo tiempo existe una fuerte resistencia a las reformas necesarias para garantizar su sostenibilidad. Esa tensión explica por qué el país ha preferido avanzar mediante ajustes graduales en lugar de enfrentar el problema de manera estructural.

Sin embargo, la experiencia internacional deja una lección clara: los sistemas de pensiones pueden adaptarse y sobrevivir, pero solo si las reformas se hacen a tiempo. Cuando se posponen demasiado, las opciones disponibles se vuelven más drásticas y los costos sociales más altos.

El verdadero desafío para Costa Rica no es decidir si el IVM necesita cambios. Ese debate ya está resuelto por la realidad demográfica y financiera. El desafío es político: determinar qué combinación de reformas está dispuesto a aceptar el país para asegurar que el sistema siga existiendo para las próximas generaciones. Porque si algo demuestra la experiencia internacional es que los sistemas de pensiones no colapsan de un día para otro. Se debilitan lentamente, mientras la sociedad discute si quiere reformarlos o esperar a que la realidad la obligue a hacerlo.