
La Reserva Federal de Estados Unidos (#FED) acaba de romper tres años de pausa y subió su tasa de referencia un cuarto de punto, hasta el rango de 3.75%-4.00%, con la puerta abierta a un nuevo incremento en su reunión de octubre. Para una economía pequeña, abierta y parcialmente dolarizada como la costarricense, este giro no es un dato más del noticiero internacional: es una señal que exige que el Banco Central de Costa Rica (#BCCR) actúe con la cabeza fría, pero sin demora. Y es una señal que llega, además, en un momento en que la propia institución arrastra cuestionamientos sobre su capacidad —o su disposición— para moverse a tiempo.
El riesgo no es el shock, es la complacencia
Costa Rica llega a este momento con fundamentos envidiables para la región: reservas internacionales robustas, superávit en la balanza de servicios gracias al turismo y las exportaciones de zonas francas, e inflación doméstica bajo control. Esa fortaleza, sin embargo, puede convertirse en una trampa si se traduce en pasividad. El #colón se apreció de forma notable durante 2026, y es tentador para cualquier autoridad monetaria interpretar esa apreciación como un colchón permanente. No lo es. Un diferencial de #tasas que se estrecha, sostenido en el tiempo, erosiona gradualmente el atractivo de los activos en #colones, y ese proceso rara vez se anuncia con antelación: se manifiesta de golpe, cuando los flujos de capital ya empezaron a recomponerse.
Una institución con un historial reciente de reacción tardía
Aquí es donde el nuevo movimiento de la FED debería servir de espejo, no solo de alerta externa. El BCCR acumula cerca de tres años y medio —alrededor de 34 a 40 meses, según distintas mediciones— con la #inflación general y subyacente por debajo del límite inferior de su propio rango de tolerancia (3% ± 1 punto porcentual), llegando incluso a terreno negativo. A pesar de ese desvío prolongado, la Junta Directiva sostuvo la Tasa de Política Monetaria (#TPM)en 3.25% durante buena parte de ese periodo, y solo la redujo a 3.00% hasta julio de 2026, cuando el desajuste ya era evidente desde hacía años. La discusión no es menor: dentro de la propia Junta Directiva hubo directores que se apartaron de la mayoría exigiendo bajar la tasa antes, y que advirtieron explícitamente que el incumplimiento sostenido de la meta afecta la credibilidad de la institución. El propio equipo técnico del Banco Central terminó reconociendo, en una mesa redonda convocada para revisar el esquema de meta de inflación, que casi 40 meses fuera de rango obligan a repensar el modelo de proyección, la transmisión de la política monetaria y la comunicación con el mercado. Cuando una institución diseñada para anclar expectativas necesita explicar por qué lleva más de tres años sin cumplir su propia meta, la pregunta legítima no es solo técnica: es sobre la voluntad de actuar con la oportunidad que el mandato exige.
La otra cara de la pasividad: el tipo de cambio
La misma crítica se ha planteado, con no menos fuerza, sobre el manejo cambiario. Costa Rica ha sido, según coinciden distintos analistas, prácticamente la única economía de la región cuya moneda se apreció de forma tan pronunciada en los últimos años, incluso cuando buena parte de sus competidores comerciales en Latinoamérica y Asia veían depreciarse las suyas. El régimen es de flotación administrada, y el Banco Central insiste en que no tiene un nivel objetivo para el tipo de cambio. Pero la evidencia sugiere una intervención tardía y reactiva más que preventiva: las compras de estabilización de febrero de 2026 —de las magnitudes más altas en más de una década— llegaron después de que el colón ya hubiera roto niveles no vistos desde 2005, y después de que gremios exportadores y turísticos vinieran advirtiendo, durante meses, que la apreciación operaba como un verdadero "impuesto a las exportaciones". Actuar solo cuando el movimiento ya es "atípico" o "desordenado", en lugar de moderar la tendencia mientras se acumulaba, es exactamente el patrón de reacción tardía que ahora se le podría reprochar al Banco Central si la FED continúa subiendo tasas y el escenario se invierte hacia presiones de #depreciación. Sin herramientas de cobertura cambiaria desarrolladas en el mercado local, además, el sector productivo llega mal preparado para una reversión, otra consecuencia de años de postergar reformas que el propio BCCR y la Bolsa Nacional de Valores (#BNV) han identificado como pendientes.
Lo que el BCCR debería vigilar de cerca
El papel del Banco Central en este momento no es reaccionar mecánicamente a cada movimiento de la FED —Costa Rica no está obligada a replicar la política monetaria estadounidense—, sino monitorear con rigor tres variables: el comportamiento del tipo de cambio en el mercado mayorista (#Monex), la velocidad de entrada y salida de capitales de cartera, y las expectativas de inflación importada a través de bienes transables. Si estas variables comienzan a moverse de forma sostenida y no transitoria, la autoridad monetaria debe estar lista para ajustar su Tasa de Política Monetaria sin esperar a que la presión se acumule. La experiencia reciente —tanto con la inflación fuera de rango como con la apreciación cambiaria— muestra un patrón preocupante: el Banco Central tiende a esperar señales de "excepcionalidad" antes de moverse, cuando el manejo prudente de una economía pequeña y abierta exige actuar sobre las tendencias, no solo sobre los eventos extremos.
Comunicación como herramienta de política
Un instrumento que el BCCR no debe subestimar es la #comunicación. Los mercados financieros, incluso en una economía pequeña, reaccionan tanto a los hechos como a las señales. Un Banco Central que explique con claridad su diagnóstico —por qué mantiene, sube o pausa su tasa— reduce la incertidumbre y evita que la volatilidad externa se amplifique innecesariamente en el mercado cambiario local. El silencio o la ambigüedad, en cambio, dejan espacio para la especulación y para movimientos de tipo de cambio más bruscos de los que los fundamentos justificarían. La propia revisión interna del esquema de meta de inflación es un paso en la dirección correcta, pero llega tarde respecto al problema que pretende corregir.
El costo de no anticiparse
Si la FED confirma un segundo incremento en octubre, como sugieren sus propias proyecciones, el efecto acumulado sobre el financiamiento externo costarricense —tanto soberano como privado— será mayor. Los #eurobonos de Costa Rica y la deuda en #dólares de empresas y hogares se encarecerán en la medida en que suban las tasas de referencia internacionales. Postergar decisiones bajo el argumento de que "los fundamentos aguantan" puede ser cierto en el corto plazo, pero deja al país expuesto a un ajuste más abrupto si las condiciones externas se deterioran más rápido de lo previsto. Y el historial reciente —tanto en tasas como en tipo de cambio— indica que esa es, precisamente, la tentación institucional de la que el BCCR debe cuidarse.
Una oportunidad, no solo una amenaza
Vale la pena subrayar que este no es un escenario de crisis inminente para Costa Rica. Es, más bien, una prueba de la madurez institucional del Banco Central: la capacidad de leer señales externas, distinguir entre ruido y tendencia, y actuar de forma preventiva sin sobrerreaccionar. Un BCCR que mantenga esa vigilancia activa —ajustando su tasa cuando los datos lo justifiquen, corrigiendo desalineamientos cambiarios antes de que se vuelvan "inéditos", comunicando con transparencia y protegiendo el ancla de expectativas de inflación— es la mejor garantía de que el nuevo ciclo de tasas en Estados Unidos sea un episodio manejable, y no el origen de una turbulencia evitable que, esta vez, no podrá atribuirse solo a factores externos.
