Las lecciones del COVID que no aprendemos

El fin de la pandemia por el #COVID-19 llegó más de tres años después de haber sido declarada así, en marzo de 2020, por parte de la Organización Mundial de la Salud (#OMS). Las cifras oficiales hablan de 765 millones de casos de #coronavirus y casi siete millones de #muertes en el mundo.

La decisión de las autoridades mundiales de la #salud se fundamenta en el menor grado de peligrosidad del #virus, en buena medida por la #vacunación y por la #inmunidad de rebaño; en todo caso la mayor parte de medidas de salud pública habían sido levantadas en todos los continentes.

¿Qué aprendimos? Como lo cita en un ensayo, W. Ian Lipkin, director del Centro de Infecciones e Inmunidad de la Universidad de Columbia, en el que propone algunas medidas para prevenir o mitigar los efectos de alguna #pandemia futura, y que en mi opinión es medular:  “la igualdad de acceso a la ciencia y la medicina” debe ser en la práctica “un derecho humano fundamental”.

Pero eso no es nuevo, más de una década antes de la pandemia de COVID-19, los científicos y los responsables de la formulación de políticas públicas pidieron mayores esfuerzos para detectar las amenazas infecciosas para la salud humana.

En efecto, un informe de 2011 del Subcomité Asesor Nacional de Biovigilancia de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y la Casa Blanca, recomendaba medidas para reducir los riesgos de una pandemia, entre ellas, un llamado a la inversión global en las personas y la ciencia necesaria para proporcionar un sistema de alerta temprana eficiente y eficaz para las posibles amenazas, según lo detalla un artículo de NY #Times titulado “Determinar el origen de la pandemia es difícil. Prevenirla no debería serlo”.

Igual que el virus del Nilo Occidental a finales de los 90s, y ahora el COVID-19, establecer con precisión los orígenes de los virus no es labor sencilla, hay muchas teorías, por ejemplo, al #SARS-CoV-2 se le vincula con operación insegura en laboratorio, monos, perros mapache, y como bien detalla en su artículo Lipkin “eso no significaría que los mercados de animales silvestres en las ciudades puedan continuar operando con seguridad o que las normas relativas a la experimentación científica con agentes infecciosos sean menos importantes”.

El problema en sustancia es que finalmente es “muy poco lo se ha hecho tras esta pandemia para mejorar cualquiera de las dos fuentes de riesgo”.

Y este es el punto principal, los debates y esfuerzos en torno al origen y teorías sobre un virus, no pueden ser más importantes que las cosas que hay que hacer para prevenir y reducir el riesgo de futuros brotes. Como lo apunta el catedrático de Columbia “…no pueden producirse a expensas de la acción. No podemos esperar respuestas que quizá nunca lleguen para hacer lo necesario para prevenir la próxima pandemia”.

Lamentablemente las lecciones nunca las aprendemos, ignoramos la historia y, por eso, debemos repetirla (y no necesariamente la mayor parte de las veces es buena).

Por ejemplo, en los Estados Unidos (#EE.UU.), el fin de la emergencia sanitaria está previsto para este 11 de mayo; los norteamericanos están más ocupados de (lo que significa) poner fin al Título 42, que es una regla de salud pública (a propósito de la pandemia) que parcialmente ha impedido el paso de migrantes, y que se aplicó durante la presidencia de #Trump, que discutir temas relacionados con la manera de prevenir futuras epidemias y su propagación.

No menosprecio el Título 42 (que en la práctica se ha utilizado en un tercio de las veces, aunque eso ha significado la expulsión de millones de migrantes), pues volver a las leyes anteriores exponenciará las solicitudes de asilo, además de regresar a las autoridades migratorias norteamericanas ante el interminable reto de lidiar de forma segura y ordenada con un gran número de inmigrantes.

Pero lo cierto es que como ya lo puntualicé, nada, absolutamente nada, justifica la inacción en lo importante: ¡la prevención!