Cuando la prudencia no se explica

El Banco Central tiene derecho a ser prudente. Lo que no puede es serlo en silencio.

El pasado 24 de setiembre, la Junta Directiva del Banco Central (#BCCR) decidió, por cinco votos contra dos, mantener sin cambios su tasa de interés de referencia (#TPM), la que orienta lo que cobran y pagan los bancos. Lo hizo pese a que sus propios economistas recomendaban bajarla. No es la primera vez: es la cuarta ocasión en menos de dos años en que la Junta se aparta del criterio de su equipo técnico.

El mismo día en que se conoció esa discusión, el Banco informó que la producción nacional creció apenas 2,2% en agosto, muy por debajo del ritmo del año anterior. La mayor parte de ese frenazo viene de las zonas francas, golpeadas por la salida de empresas como Intel y Qorvo. La #economía local, donde trabaja la mayoría de los costarricenses, creció algo más, 3,2%, pero sin el brío que se necesitaría para mejorar de verdad los ingresos de las familias.

La decisión, vista sola, se puede defender. Hay guerras, el petróleo y las materias primas están más caros, y el fenómeno de El Niño amenaza las cosechas. Bajar la #tasa en ese contexto podía parecer imprudente. El problema no es esta decisión. El problema es el patrón, y lo que ese patrón le puede costar a la gente.

La casa de don Álvaro

Pensemos en una familia como tantas. Don Álvaro trabajó doce años en una planta de componentes electrónicos en Heredia hasta que la empresa cerró. Hoy hace trabajos por su cuenta y gana menos que antes. Su esposa, Marta, es cajera en un supermercado. Tienen un #préstamo en colones para la casa y unos #ahorros pequeños en un certificado a plazo.

Durante casi tres años, los #precios en Costa Rica bajaron o se quedaron quietos. Eso les dio un respiro. Pero en setiembre la #inflación volvió a subir, por primera vez en dieciséis meses. Y no subió porque la gente esté comprando más, sino porque llegaron de afuera los aumentos: la gasolina, por ejemplo, subió ₡20 por litro a mediados de año por la guerra en Medio Oriente.

Para esta familia, el resultado es el peor de los mundos. El tanque cuesta más y pronto costarán más el arroz y los frijoles si El Niño afecta las cosechas. El salario de Marta no se mueve. Los ingresos de don Álvaro son inciertos. La cuota de la casa sigue igual. Y el poco interés que les paga el certificado ha venido bajando más rápido que lo que les cobran por el préstamo.

El riesgo de los próximos meses

El peligro inmediato es que el Banco Central confunda el tipo de inflación que está regresando. Cuando los precios suben porque la gente compra mucho, subir o mantener altas las tasas ayuda a enfriar el #consumo. Pero cuando suben porque el petróleo se encarece en el otro lado del mundo, mantener las tasas altas no abarata la gasolina. Solo hace más difícil que el pequeño comercio pida #crédito, que una pyme contrate o que una familia respire.

El riesgo concreto es que la Junta vea el repunte de precios como prueba de que tenía razón y siga sin mover la tasa. Sería castigar a una economía local que ya anda sin fuerza por un problema que no nació aquí. El Fondo Monetario Internacional (#FMI) ya había advertido en marzo que la tasa del Banco estaba más alta de lo conveniente para apoyar el consumo interno.

Hay que decir, por honestidad, que bajar la tasa tampoco era una solución mágica. Cuando el Banco la baja, los bancos reducen rápido lo que pagan a los ahorrantes, pero tardan mucho más en reducir lo que cobran por los préstamos. Es decir, a familias como la de don Álvaro una rebaja les quita más del ahorro de lo que les alivia en la cuota. Ese es un problema de fondo del sistema bancario que ninguna decisión de la Junta resuelve sola.

El riesgo de los próximos años: la confianza

El Banco Central se comprometió por ley a mantener una inflación cercana al 3% anual. Lleva unos cuarenta meses sin lograrlo. Una meta que no se cumple durante tanto tiempo deja de orientar a nadie, del mismo modo que un reloj que siempre atrasa deja de servir para llegar a tiempo.

Esto importa más de lo que parece. Cuando la gente confía en que el Banco cumplirá lo que promete, los comerciantes fijan precios, las empresas negocian salarios y los bancos prestan con más certeza. Cuando esa #confianza se gasta, cada decisión del Banco pesa menos y cuesta más. El propio expresidente de la institución, Rodrigo Cubero, advirtió a inicios de año que esa credibilidad se estaba erosionando.

El desgaste tiene efectos que se sienten con los años. Precios estancados con una economía floja significan salarios que no mejoran, deudas que pesan más en relación con lo que uno gana y menos empleo nuevo. También significan menos recaudación para el Estado, y por lo tanto menos recursos para carreteras, hospitales o pensiones. Esa factura termina pagándola el ciudadano.

A esto se suma que el Banco anunció que revisará la forma en que define su meta. Puede ser una revisión sensata. Pero cambiar la meta después de años sin alcanzarla corre el riesgo de parecer mover la portería hacia donde cayó la bola.

Lo que se le debe pedir al Banco Central

Nadie le exige a la Junta Directiva que obedezca siempre a sus técnicos. Es un órgano colegiado y discrepar es parte de su trabajo. Lo que sí se le puede exigir es que explique, con claridad y en lenguaje que cualquiera entienda, con qué criterio decide cuándo pesa más el riesgo de afuera que la debilidad de adentro.

La prudencia es una virtud. Pero cuando no se explica, se confunde con inercia. El 26 de noviembre la Junta tendrá su última reunión del año. Ese día no solo decidirá una tasa de interés: decidirá si empieza a recuperar la confianza de familias como la de don Álvaro, o si sigue gastándola.